
Por Gervasio Sánchez"Premio Ortega y Gasset de periodismo en 2008 "
Mi primer viaje a Afganistán fue en agosto de 1996. Llegué desde Delhi al aeródromo de Bagram, el único que funcionaba a 45 kilómetros de la capital. Los talibanes bombardeaban a diario la ciudad con cohetes y proyectiles de morteros. El aeropuerto de la ciudad estaba entre sus objetivos principales.
Hoy, en cambio, bombardean regularmente Bagram, reconvertido en el principal aeropuerto militar y donde está el mayor centro de detención del Ejército de Estados Unidos en el extranjero después de Guantánamo.
Todavía no he podido olvidar mi primer contacto visual con la ciudad. Parecía que había sufrido un bombardeo nuclear. Las largas avenidas, como Jada i Maiwand, que algunos comparaban con los Campos Elíseos franceses, estaban cubiertas de ruinas y minas que mataban o herían diariamente a decenas de afganos.
Los primeros años de la década de los noventa los había dedicado a cubrir las guerras balcánicas y los conflictos africanos de Ruanda, Somalia y Sudán. Me sentía culpable por no haber prestado atención a un conflicto armado que se estaba eternizando.
Los bombardeos eran constantes y los muertos se acumulaban en los depósitos de cadáveres. Pero los periodistas habían desaparecido del país. La guerra ya no interesaba a nadie. Apenas había información en la prensa internacional. Tuve serias dificultades para convencer a los medios con los que habitualmente trabajo de la importancia de informar sobre lo que allí estaba ocurriendo.
Sólo el Heraldo de Aragón, como siempre ha hecho, me dio el espacio suficiente y pude publicar varios artículos entre los domingos 25 de agosto y 1 de septiembre de 1996. Dos semanas después los talibanes entraron en la capital sin disparar un tiro y se produjo un repunte mediático que duró unos meses.
El hombre fuerte en Kabul era el comandante tayiko Ahmad Shah Massud, entronizado por la prensa francesa como un gran estratega en la guerra con los soviéticos, obviando que se trataba de un reconocido fundamentalista radical.
Un acuerdo con su archiconocido enemigo, el pastún Gulbudin Hekmatyar, había permitido el regreso a la capital al antiguo peón de la CIA conocido como el 'Jomeini afgano'. Muchos de sus milicianos se habían pasado a los talibanes, la milicia más poderosa de aquellos años. Otros señores de la guerra implicados en graves crímenes como el hazara Abdul Karim Khalili y el uzbeko Rashid Dostom habían formado Ejércitos particulares muy poderosos.
¿Qué ha pasado con todos estos serios candidatos a ser juzgados por un tribunal internacional? Massud fue asesinado el 9 de septiembre de 2001, dos días antes de los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos. Su sucesor, el general Mohamed Qasim Fahim, está integrado en la coalición gubernamental encabezada por el presidente afgano Hamid Karzai.
También forma parte de ella Khalili. El sanguinario Dostom, cuyos mercenarios violaban sistemáticamente a las mujeres que caían en sus manos, ha dejado su puesto en el Gobierno, pero mantiene su acta de diputado. Hekmatyar ha formado un grupo neotalibán y combate contra los estadounidenses, sus antiguos socios.
Y también visité el destartalado zoo donde había muy pocos animales. Me impresionó la historia del león Choghe, otra víctima de la violencia y el ajuste de cuentas. Dos hermanos habían visitado el parque un año antes. Uno de ellos decidió meterse en el foso. Cuando intentó acariciar a la leona Marjan, Choghe le lanzó un zarpazo que lo mató en el acto. Al día siguiente, el hermano lanzó una granada de mano contra el viejo león. La explosión lo dejó ciego
Coincidiendo con el bicentenario de "Los Desastres de la Guerra" (1810-1815) de Francisco de Goya, el autor reflexiona sobre las guerras y los desastres actuales y sobre las consecuencias que sufren las víctimas, la única verdad incuestionable de una guerra. Gervasio Sánchez, fotógrafo y reportero, ha desarrollado su trabajo en los lugares más conflictivos del mundo. "Premio Ortega y Gasset de periodismo en 2008" colabora habitualmente enHeraldo de Aragón





